Si en la anterior reflexión me refería a la escala macro territorial, a la ordenación del territorio, en esta sexta reflexión de la serie me referiré al aspecto micro territorial del urbanismo, lo que podríamos denominar el urbanismo de proximidad, el que más directamente aprecia, para bien o para mal, el ciudadano en general.
Recientemente he publicado un artículo en el que me refería a que la crisis del COVID-19 constituía un argumento más para la necesidad de repensar el urbanismo y recordaba como otros traumáticos argumentos, como los atentados terroristas, han influido en el diseño de nuestras ciudades, en sus lugares de más afluencia, obligando a la instalación de un mobiliario urbano -bolardos, grandes jardineras y otros elementos de protección, para evitar la entrada de vehículos con fines terroristas- mobiliario que, en circunstancias de normalidad, nunca se hubiera instalado, ya que, ni por necesidad, ni estética, pensaríamos en él.
Por el contrario, la crisis originada por la pandemia, ha obligado a la adopción de unas medidas que han afectado a nuestra forma de vida. Por una parte, la adquisición de nuevos hábitos, o el retomar otros olvidados, van a tener, sin duda, una decisiva incidencia en ese urbanismo que hemos titulado de proximidad y que, sinceramente creo, va a tener bastantes efectos beneficiosos.
Creo que estos meses de “aprendizaje” obligado de una nueva forma de vivir van a tener una incidencia positiva en nuestra futura calidad de vida. Muchas de las medidas que han sido adoptadas y que hemos seguido existían en la teoría, pero poco, o nada, se habían implementado en la práctica.
Me refiero, por ejemplo, al teletrabajo que si bien, obviamente, ya se practicaba, su generalización actual, pensamos, va a ser definitiva en muchos trabajos, lo que va a suponer unos beneficios indudables sobre el medio ambiente con la reducción de los desplazamientos y la correspondiente y positiva repercusión en la calidad del aire. Esto obligará a que tanto las Administraciones y Empresas Públicas como las privadas adopten medidas reales y efectivas para dotar a los trabajadores de aquellos puestos que sean compatibles con el teletrabajo de dotarles de medios adecuados para ello y, por supuesto, obligará a la ejecución o reforzamiento de las redes públicas de comunicaciones electrónicas como equipamientos básicos que deben estar previstos en las planificaciones urbanísticas como preceptúa la vigente Ley 9/2014 de 9 de mayo, General de Telecomunicaciones. Hoy, a la vista de los acontecimientos vividos, y la necesidad de esa forzosa operatividad laboral y educativa a distancia, hemos podido ser conscientes de los indudables beneficios de llevar a la práctica postulados como los contenidos en la referida Ley.
Por otra parte, es indudable que a partir del obligado confinamiento los ciudadanos han echado en falta viviendas bien orientadas, luminosas, que dispongan de algún espacio aterrazado. Las normativas, las ordenanzas urbanísticas, han de tener en cuenta estas necesidades y no pueden ser “cicateras” en todos aquellos aspectos que vayan en la dirección de asegurar esa calidad de vida que los ciudadanos, hoy más que nunca, tras la experiencia vivida, demandan.
Creo que los traumáticos acontecimientos que estamos viviendo van a producir tal vuelco en nuestros hábitos, en ese desembarco en la “nueva normalidad”, que, incluso, va a hacer que en la ciudad compacta, siempre deseable para coadyuvar a la sostenibilidad ambiental, se introduzcan elementos de diseño urbanístico correctores que permitan, además de la profusión de los espacios libres públicos y privados, sistemas constructivos que posibiliten un mayor aprovechamiento de los usos de vivienda en los plantas bajas de los edificios con espacios ajardinados propios, así como suelos urbanos residenciales de baja densidad. Todo ello, deberá realizarse con un planeamiento que impida que esta necesaria expansión no desemboque en una indeseada, por insostenible, ciudad dispersa que consuma un suelo excesivo.
Además, hoy más que nunca, es preciso que la ciudad se diseñe con una adecuada distribución de dotaciones, equipamientos y usos, que permita a sus habitantes disfrutar de esa mejor calidad de vida. La distribución de los usos educativos, culturales, sociales, sanitarios, comerciales, de restauración y otros, debe permitir que, por fin, se pase de la teoría de los movimientos y tendencias urbanísticas, a la práctica. Me estoy refiriendo a movimientos como los de las Slow Cities, o “ciudades lentas”, pensado, fundamentalmente para ciudades de menos de 50.000 habitantes y que tuvo como antecedentes el movimiento originado en Italia de Slow Food, o “comida lenta”. Estos movimientos de los años ochenta, buscaban soluciones para luchar contra la vida acelerada, explorando medidas que se apoyaban en la “lentitud” para disfrutar de los entornos territoriales, del paisaje, en los diseños peatonalizados, en los productos alimenticios naturales, favoreciendo el pequeño comercio, en definitiva, buscaban la calidad de vida en todos los aspectos para disfrutar de las ciudades, sin renunciar a la modernidad.
Hoy, otros movimientos, como las Smart Cities, o “ciudades inteligentes” que se apoyan en las nuevas tecnologías buscando la sostenibilidad y una mayor calidad de vida, van a ver reforzados sus postulados teóricos por la propia exigencia de los ciudadanos.
Y, como no, la ciudad o el urbanismo de los “quince minutos”, la novedosa propuesta del urbanista colombiano Carlos Moreno que ha sido acogida con gran entusiasmo por la actual Alcaldesa de Paris Anne Hidalgo. Esta propuesta se apoya, como explica su creador, “en una manera diferente de utilizar el espacio urbano, revitalizando los servicios de cortas distancias, quince minutos de movilidad activa, en bici o a pie, basada en cuatro criterios: redescubrir todos los recursos de proximidad, utilizar los metros cuadrados existentes más y mejor, darle a cada lugar múltiples usos y reapropiarse del espacio público para hacer de él, lugares de encuentro, de vida”.
Si París lo intenta, desde luego cualquier ciudad puede hacerlo.